Manual de instrucciones para los 44

Hoy cumplo 44 años. Lo digo así, sin rodeos, como quien comenta que toca revisión del coche o que se ha terminado el café. Cumplir 44 no tiene la épica de los 18, ni el vértigo de los 30, ni siquiera el golpe psicológico de los 40. Los 44 llegan de forma discreta, casi educada, como si la vida llamara a la puerta sin insistir demasiado porque ya sabe que estás dentro. Y lo curioso es que, cuando llegan, uno se mira al espejo y descubre que no se siente tan distinto como imaginaba hace años, aunque tampoco exactamente igual.

Cuando era pequeño, me parecían una edad muy seria. Edad de adulto de verdad. Edad de gente que sabe lo que hace, que tiene respuestas para todo y que entiende perfectamente cómo funciona el mundo. Ahora que estoy aquí, puedo confirmar que no era exactamente así. Sigo aprendiendo cosas nuevas casi cada semana y sigo descubriendo que muchas preguntas no tienen una única respuesta, o directamente no tienen ninguna. La diferencia es que ahora eso ya no me inquieta tanto como antes. Antes necesitaba entenderlo todo; ahora me conformo con entender lo que me importa.

Recuerdo que cuando tenía veinte años todo parecía urgente. Había que decidir rápido, avanzar rápido, equivocarse rápido y volver a intentarlo todavía más rápido. Tenía la sensación constante de que el tiempo se escapaba, de que si no hacía algo importante enseguida me iba a quedar atrás. No sabía muy bien detrás de quién iba, pero sentía que tenía que correr. Luego llegaron los treinta, que fueron una etapa extraña, una mezcla de entusiasmo y desconcierto. Entendías cómo funcionaban algunas cosas, pero descubrías que otras muchas no tenían ningún sentido.

Ahora, lo que más noto no es que tenga todo más claro, sino que tengo menos prisa. Y eso cambia bastante la forma de ver la vida. No porque haya perdido ganas de hacer cosas, sino porque he entendido que no todo lo importante ocurre deprisa. Hay decisiones que necesitan tiempo, proyectos que maduran despacio y aprendizajes que solo llegan después de equivocarte unas cuantas veces. Antes eso me frustraba; ahora lo veo como algo natural.

Si algo me han dado los años no es perfección ni seguridad absoluta, sino perspectiva. He aprendido que equivocarse no es la excepción, es lo normal. Que hay decisiones que salen bien, otras que salen regular y algunas que salen mal, y aun así la vida sigue adelante. He aprendido también que muchas cosas que parecían importantísimas hace diez años hoy apenas las recuerdo, y que otras que parecían pequeñas terminaron siendo de las más importantes. La experiencia no te convierte en alguien infalible, pero sí en alguien más consciente, y con un poco de suerte, también más agradecido.

Y agradecido es probablemente la palabra que mejor describe cómo me siento al cumplir 44. No porque todo haya sido fácil, ni mucho menos, sino precisamente porque no lo ha sido. Mirando atrás veo etapas muy distintas, momentos de ilusión y momentos de dudas, decisiones acertadas y otras que, con el tiempo, habría tomado de otra manera. Pero incluso esas forman parte de lo que soy ahora. Con los años te das cuenta de que la vida no siempre te da lo que quieres, pero casi siempre te da algo que puedes aprovechar.

También he descubierto que cumplir años tiene algo bueno que no valoraba cuando era más joven: te conoces mejor. Sabes lo que te importa y lo que no, lo que te hace bien y lo que te quita energía, cuándo merece la pena insistir y cuándo no. Antes pensaba que la seguridad venía de tenerlo todo claro; ahora sé que viene de aceptar que no todo va a estar claro y que no pasa nada por ello. Quizá por eso ahora me resulta más fácil reírme de mí mismo, que es algo que con los años se vuelve bastante útil. Cuando te tomas demasiado en serio, cualquier problema parece enorme. Cuando aprendes a mirarte con un poco de ironía, todo pesa menos.

Otra cosa que he ganado con el tiempo es una forma distinta de mirar el futuro. Antes lo veía como algo que tenía que controlar, como si hubiera una especie de plan que debía cumplirse exactamente. Ahora lo veo más como un camino que se va construyendo mientras avanzas. Sigo teniendo proyectos, ideas y ganas de hacer cosas, pero ya no siento la necesidad de hacerlo todo a la vez ni de llegar antes que nadie. Prefiero llegar bien que llegar rápido, aunque suene a frase hecha.

Hoy es mi cumpleaños y no siento que esté cerrando una etapa. Más bien siento que estoy en medio de ella, con más historia detrás que antes, con más experiencia, con algunas cicatrices y también con más calma. No tengo todo resuelto, ni falta que hace. Me basta con saber que sigo teniendo curiosidad, que sigo teniendo ganas de aprender, de probar cosas nuevas, de cambiar de idea cuando haga falta y de disfrutar de lo que funciona.

Y ya que cumplir años siempre es una buena excusa para empezar cosas, voy a aprovechar este cumpleaños para reabrir también este blog. Sin grandes promesas ni planes imposibles, pero con la intención de volver a escribir por aquí de vez en cuando, como hacía antes. Iré publicando cosas nuevas cuando surjan, y también rescataré textos antiguos que han ido quedándose repartidos por otras páginas, otros blogs y otras etapas de mi vida digital. Al final, todo forma parte de la misma historia, aunque haya cambiado de sitio unas cuantas veces.

Supongo que eso también tiene que ver con cumplir años: te das cuenta de que no hace falta empezar siempre desde cero. A veces basta con volver, recoger lo que ya hiciste, entenderlo mejor y seguir desde ahí, con más experiencia.

Así que aquí estamos otra vez, algo más viejo y con ganas de seguir escribiendo.