Volver a lo esencial: mi nueva vida a las afueras de Santiago

Hay momentos en la vida en los que, casi sin darte cuenta, empiezas a sentir que necesitas un cambio, pero no un cambio de trabajo ni de proyecto, sino algo más profundo, algo que tiene que ver con cómo vives tu día a día.

Eso es exactamente lo que me ha pasado.

Después de años con un ritmo bastante intenso, de ciudad, de trabajo constante delante del ordenador y de mil historias en la cabeza, he tomado una decisión importante a nivel personal, me he mudado a vivir con mi pareja, Mireia, a una casa a las afueras de Santiago.

Y no, no es solo una mudanza, es algo más.

Una casa… pero sobre todo un entorno

Nos hemos ido a un chalet en una urbanización, sí, pero lo que realmente marca la diferencia no es la casa en sí, sino todo lo que la rodea.

La naturaleza, el silencio, el espacio…

De ese que no se mide en metros cuadrados, sino en sensaciones.

Aquí no hay el ruido constante de la ciudad, ni esa sensación de ir siempre con prisa, ni el estrés que muchas veces ni siquiera sabes de dónde viene, pero que está ahí.

Hay otra cosa, hay calma.

Ir hacia adelante, pero con sensaciones del pasado

Lo curioso de todo esto es que, aunque en realidad estoy avanzando en mi vida, hay una parte de mí que siente que está volviendo atrás, volviendo a ese niño que fui.

A ese niño que pasaba tiempo en la aldea con sus abuelos y su familia, donde el tiempo parecía ir más despacio y donde cualquier cosa sencilla podía convertirse en un plan perfecto.

¿Te acuerdas de cuando no hacía falta mucho para pasarlo bien? Yo sí.

Y aquí, de alguna manera, lo estoy recordando.

Puede sonar un poco nostálgico, pero es real.

De pequeño podía pasarme horas inventando cosas, construyendo cabañas con lo que encontraba, explorando, ensuciándome, sin pensar en nada más que en el momento.

No había móviles, no había notificaciones, no había urgencias, solo tiempo, creatividad y libertad.

Y ahora, salvando las distancias, siento que algo de eso vuelve.

No porque esté construyendo cabañas (aunque nunca se sabe 😄), sino porque vuelvo a conectar con esa forma de estar presente.

Vivir con menos ruido

Mudarnos aquí también ha sido una decisión consciente de bajar el ruido. El ruido físico, el de coches, gente, movimiento constante, pero también el otro, el mental.

Ese que acumulamos sin darnos cuenta cuando vivimos siempre conectados, siempre corriendo, siempre pensando en lo siguiente.

Aquí todo invita a parar un poco, a respirar a mirar alrededor y parece una tontería, pero no lo es.

Una etapa compartida

Dar este paso con Mireia también le da todavía más sentido a todo. Al final, no se trata solo del lugar donde vives, sino de con quién lo compartes.

Y construir esta etapa juntos, en un entorno que nos permite estar más tranquilos, más conectados con lo importante y menos atrapados en el ritmo habitual, es algo que valoro muchísimo.

Porque sí, el trabajo sigue, los proyectos siguen, las responsabilidades siguen, pero el contexto cambia y eso lo cambia todo.

Una forma diferente de entender el día a día

No es que ahora todo sea perfecto, ni mucho menos. Sigo teniendo días intensos, problemas que resolver, decisiones que tomar. Pero hay algo que sí ha cambiado, la forma en la que vivo esos días.

No es lo mismo terminar de trabajar y salir a un entorno donde todo sigue acelerado, que hacerlo y encontrarte con naturaleza, silencio y esa sensación de espacio que te permite desconectar de verdad.

Y eso, con el tiempo, se nota.

Mucho.

Durante muchos años asocié avanzar con hacer más, con crecer, con ir a más velocidad, con estar en sitios donde “pasan cosas”. Y no digo que eso esté mal, pero no es lo único.

Hoy tengo claro que avanzar también es elegir mejor el entorno en el que vives, porque eso termina definiendo cómo piensas, cómo trabajas y qué decisiones tomas.

Y en ese sentido, es uno de los pasos más coherentes que he dado nunca.