Hay cosas que no se olvidan.
El sonido de un módem de 56kbps intentando conectar a Internet es una de ellas. Si has vivido esa época, sabes exactamente de qué hablo. Y si no… te diría que era una mezcla entre ciencia ficción y paciencia infinita.
Yo empecé en 1996, hace ya 30 años, cuando mis padres me regalaron mi primer “router” (aunque en realidad era un módem de los de toda la vida), en una época en la que conectarse a Internet no era algo automático, ni rápido, ni barato.
Era casi un ritual.
Y, sin saberlo, ahí empezó todo.
Hoy estamos acostumbrados a estar siempre conectados, pero en 1996, en España, cada minuto contaba, literalmente.
Porque Internet funcionaba a través de la línea telefónica. Eso significaba dos cosas bastante importantes:
Primero: mientras estabas conectado, el teléfono de casa estaba ocupado.
Segundo: cada minuto online se pagaba como una llamada.
Así que sí, navegar por Internet no solo requería tiempo… también tenía impacto directo en la factura.
El resultado es que te conectabas con una intención concreta, con un objetivo. Nada de “voy a mirar esto rápido” y pasarse la tarde mirando cosas que nada tienen que ver.
Internet en el año 1996
Antes de entrar en Internet había todo un proceso. Marcabas, escuchabas ese sonido inconfundible (si lo oyes hoy, te transporta directamente a esa época) y esperabas a que la conexión se estableciera.
Y cuando lo conseguías… no lo desperdiciabas.
Internet no era como ahora. No había redes sociales, no había streaming, no había prácticamente nada “instantáneo”. Pero había algo muy potente, la curiosidad.
En mi caso, Internet en aquella época era sinónimo de una cosa de curiosidad y muchas horas trasteando con todo lo que iba descubriendo.
Para conectarte a Internet, necesitabas llamar a tu proveedor (ISP), recuerdo que yo utilizaba CTV, un proveedor valenciano que junto con Jet Internet, Servicom, Redes-TB o Arrakis, conformaban el ecosistema de ISPs independientes en España.
Mi navegador era Netscape Navigator, que en aquel momento era prácticamente la puerta de entrada a todo, y para buscar cualquier cosa tiraba de Altavista, que hoy puede sonar prehistórico, pero entonces era una herramienta brutal.
Para el correo, empecé con las plataformas Hotmail y Latinmail, ya de por sí me parecían una pasada, eso de poder comunicarte sin depender del correo tradicional.
Pero si hay algo que realmente me enganchó fue el mundo del IRC.
Me movía por redes como Undernet y, más adelante, IRC-Hispano, donde pasaba horas hablando con gente de cualquier parte, aprendiendo, observando y entendiendo cómo funcionaban esas comunidades.
Y tanto me metí en ese mundo que, ya en 1999, di un paso más y empecé a crear mis propias redes de IRC, algo que en ese momento, sin darme cuenta, ya era una forma bastante directa de empezar a construir y gestionar entornos digitales propios.
Y luego estaban las webs. Páginas simples, muchas veces hechas casi “a mano”, con información que hoy nos parecería básica… pero que entonces era fascinante.
Mirando atrás, hay algo que tengo bastante claro. Internet no era fácil y precisamente por eso, aprendías. Aprendías a buscar información, a resolver problemas, a entender cómo funcionaban las cosas por dentro.
No había tutoriales en vídeo para todo ni inteligencia artificial solo estaba el prueba y error y dedicarle tiempo.
Lo curioso es que en ese momento no pensaba en nada profesional, simplemente estaba explorando, pero con el tiempo, todo eso fue sumando y sin darme cuenta, ese chaval que se conectaba con un módem de 56kbps empezó a construir la base de lo que hoy es mi trabajo.
Lo que ha cambiado… y lo que no
Si comparas aquel Internet con el actual, el cambio es brutal. La velocidad, el acceso a la información, las herramientas disponibles o los modelos de negocio que se han desarrollado a través de la Red.
Pero hay algo que no ha cambiado tanto, Internet sigue siendo un espacio de oportunidad, aunque la diferencia es que ahora hay mucho más ruido y aquí es donde entra la experiencia.
La ventaja de haber empezado en esa época
Haber vivido Internet desde el principio te da perspectiva. Te permite entender que muchas cosas que hoy parecen nuevas, pero en realidad son evoluciones de lo mismo.
Te ayuda a no dejarte llevar por modas y, sobre todo, te da criterio porque has visto cómo nacen, crecen y desaparecen muchas tendencias.
Todo ese recorrido no se queda en la nostalgia en lo aplico de cada día. Cuando trabajo con proyectos, no solo veo herramientas o plataformas.
Me fijo en el contexto, en la evolución para valorar oportunidades y entender los riesgos y eso marca la diferencia.
Porque no se trata solo de saber usar lo último, se trata de entender por qué funciona y a poder predecir cuándo dejará de hacerlo.
Si hoy tuviese que empezar desde cero, lo haría igual. Explorando, probando., equivocándome…
Porque al final, más allá de la tecnología, lo que realmente marca la diferencia es la actitud con la que te enfrentas a ella.
Y eso, por suerte, no depende de la velocidad de conexión.